sábado, 21 de febrero de 2015

PRESENTACIÓN DE TRILOGÍA CABARNA. Centro Cultural de la Ciudad. 20 febrero 2015






Cuando se regresa después de una larga ausencia, el viajero por mundos reales o de ficción, a su llegada, aún cansado, reúne a la familia y amigos que ansiaban su regreso, y cuenta, como si de un relato se tratase, todo cuanto ha hecho en el tiempo de esa estancia en otro lugar, retiro, claustro o paisaje. Deslía el hato que, atado a la vara peregrina, se apoyaba en el hombro, y obsequia con ilusiones emocionadas y baratijas cariñosas, procedentes de su exilio exterior, a sus amigos antiguos y eternos. Lleva cosas hasta para los que, fenecidos, ya no lo podían esperar y él lo desconocía por no estar allí. Si el exilio es interior, conversan de su experiencia, de su intimidad, con ese círculo de amigos y con quienes se acercan atraídos por el revuelo.
Esto es lo que está sucediendo ahora mismo con mi libro de poemas. He abierto el lío que llevaba a mi espalda y he extraído de él mis penúltimos escritos. Este es el fruto que traigo de la tierra marina de Cabarna y os lo ofrezco. En este obsequio lírico, en este libro, relato, en verso, una situación biográfica en la que destaca cuanto de personal he vivido, aunque no sólo en este trayecto, sino en toda mi andadura terrena convertida en ficción. Es una poesía de mi experiencia no de una cotidianeidad que no va con mi modo de entender la cultura. La enfermedad me llevó de Lorca, el terremoto me retuvo en el lugar de mi habitación en la orilla del mar, y, ahora, sólo estoy esperando las circunstancias favorables, es decir, que todo esté preparado, para volver a la casa nutricia y estar entre mi parentela y amigos, hasta que al cielo plazca. Aunque, en verdad, nunca me he ido de Lorca, y no porque de cuando en cuando he regresado a ella, sino porque ciudad como esta siempre se lleva en el corazón y se añora. Como tampoco voy a irme del todo de mi claustro de Cabarna. En él he sido dichoso. Por eso, también estará conmigo y con mis versos.
He, pues, de contar qué he estado haciendo en esa región que era un paraíso y ahora únicamente lo es cuando los que pululamos por él, gozosos y libres, somos los que vivimos en ella. Y eso sucede porque dicho territorio ha dejado de ser idílico, ha dejado de ser un lugar amable. Los veraneantes sólo saben consumir espacio y tiempo y traerse sus costumbres arraigadas a un lugar en el que hay que saber vivir con sensibilidad porque la soledad y el silencio son una terapia apta para restablecer el equilibrio interior. Y ahí los ruidos no deben entrar. Así que, lo que antes era idilio, ahora es consumo. En invierno, es la gloria.
He pasado unos años tratando de recomponer el cuerpo que ya protestaba de tanto descontrol como conlleva el afán de cada día y el ejercicio de toda una vida atareada. Después, hubo que restañar los desperfectos materiales y afectivos que el terremoto ocasionó. A ello, se le añaden situaciones familiares o personales, algunas no bien resueltas: las cosas son como son, no como uno quiere ilusamente. Pero, entre esta zozobra normal, el suave bálsamo que es Cabarna libró mi espíritu del desasosiego de la vida urbana. Así se ha restablecido el equilibrio, recuperado la armonía, readmitido el sentido humanista de la vida y me he podido dedicar a expresar todo cuanto ese proceso ha generado y me ha reafirmado.
Olvidando otros libros de ensayo escritos en estos años, como el último sobre el poeta Eliodoro Puche, como el que a mediados de abril se va a presentar en Cuéllar (Segovia) sobre la poeta Alfonsa de la Torre, como el que a finales de mayo va a ver la luz en Madrid, sobre el poeta de la generación del 36 Germán Bleiberg, o como el que se presentará cuando Dios quiera sobre los quinientos años de presencia mercedaria femenina en Lorca, acometí, tras el terremoto, un proyecto que ha generado un vuelco en mi preferencia escribana que, en estos últimos años, era  la investigación y la poesía algo ocasional. En Cabarna, la elevé a objetivo prioritario.
Recuerdo siempre que mi primer libro de poesía publicado, Desolada sonrisa, de 1975, tuvo por motivo el desastre de la riada de 1973. Por ello, era casi una obligación hacer lo mismo con motivo del terremoto, aunque tardé en decidirme por no repetir esquemas, hasta que encontré el modo de crearlo y recrear esas situaciones adversas. Así escribí Trilogía ITÁLICA. Este título abraza tres libros: No regreso para vivir la muerte, Feliz terruño más que ningún otro y En un tumulto análogo al silencio. Es un ejemplar que lo tienen pocas personas, pues me sirvió para felicitar las navidades del año 2013: su destino no era la venta. Es una afirmación de cariño a mi tierra, en el momento en el que yo estaba fuera y ella estaba sin mi ayuda, que tampoco podía prestar, y, al menos, necesitada de apoyo moral y afecto. Como dijo el poeta Rodrigo Caro, estos campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa. Es decir, donde hubo esplendor, belleza, sólo se veía ruina. Este modelo me sirvió para expresar mis emociones ante los efectos del sismo en Lorca: Fabio, si no lloras, pon atenta / la vista en luengas calles destruidas / mira mármoles y arcos destrozados.
Yo lo sentía de otro modo:
Por no sufrir la cruel visión de cuanto, roto,
perece por el suelo desolado, frío;
por no sentir en la mirada cuanto mío
yace por la violada tierra, un ocre coto
de innoble descalabro, flor hundida en Loto
elevo sobre torre desmochada en pío
sufragio, sobre el muro abatido en el río
de la existencia: acoge, Elia, mi humilde voto.
Todo parecía del cielo bendecido;
todo alababa fértil llano alabastrino;
todo aclamaba el claro lirio sin abrojo.
Mas rompió tu solio con vil rigor crecido
el siniestro terremoto. Con daño vino.
Templo ni palacio queda: todo es despojo.
En Elia, víctima, alojo
sentimiento de piedad, el pan del olvido,
y la esperanza del nuevo sol amanecido.
Tenía que seguir mi tradición, que no sé hasta cuándo voy a poder mantener por su costo, de felicitar la Navidad con un libro. Y eso hizo que apareciera a final de 2014 Parecían cosas escondidas para siempre del que estuve el pasado mes hablando en una reunión con los Amigos de la Cultura. En Murcia, en Diego Marín, mi editor, hay libros de estos. Obsequié con algunos a Amigos de la Cultura y parece ser que los dirigentes del Liceo Lorquino han conseguido los últimos, pues la tirada es corta. Se procede así, porque la poesía no levanta tumultos, ni enciende pasiones, ni genera colas para su compra, aunque a veces un poema parece tan bueno, tan útil, como el pan nuestro de cada día.
Y aquí estoy ahora para ser testigo de la presentación de Trilogía CABARNA. Debo agradecer a Serafín Piñeiro Gallardo cuanto ha dicho de esta trilogía cuya interioridad tiene lugar en el territorio marino de Calabardina. Digo Serafín porque, conocido desde niño, todavía lo veo como el jovenzuelo que estudiaba periodismo, aunque ahora ya es un señor, un don Serafín con toda la barba, no en vano pasan los años. Como han pasado por encima de nosotros y los hemos contado y vivido. Ha resumido Serafín bellamente, no había tiempo para más, el contenido de este libro que significa la estancia y vivencias experimentadas en mi retiro a orillas del mar, sabiendo que hay que preparar ya el regreso, y no por mí, sino porque a cada día le basta su afán y otros nuevos proyectos me ocupan.
Aunque el presentador ha mostrado algunos hitos de su contenido, como cada lector se forma su opinión con su lectura, sólo necesita esa mirada atenta de ustedes lectores para que el libro consiga su objetivo. Ustedes, sin duda, seguirán el camino que tan bien ha trazado el presentador para una lectura provechosa y yo tendré que repasar cuanto ha expuesto para extraer toda la enjundia habida en su lúcida exposición. En ocasiones, el ojo crítico de un buen lector, como es Serafín, hace descubrir al autor cosas en las que no se había fijado o, quizá, dejado de lado. Está bien eso de que los jóvenes presenten ya a los mayores y que nosotros vayamos dando paso a gente nueva que canalice inquietudes culturales necesarias de modo urgente ante el páramo pobremente humanista que viene, en el que habrá que defender la cultura autóctona para que no se pierda entre el multiculturalismo. Mil gracias por tu generosidad, Serafín: siempre serás una referencia para mí por nuestra amistad antigua.
Presenté el primer libro de los que forman la trilogía, Nunca preguntes por las cosas que echas de menos, a un concurso, cuyo premio, como es normal, no recayó en mi obra. Pero no pasó desapercibida para su editor, Pablo Méndez. Me llamó por teléfono para decirme que, si le daba mi autorización, publicaba el libro. Me explicó otras diversas circunstancias a las que no prestaba entera atención, porque pensaba mi respuesta. Le contesté que, al día siguiente, lo llamaría por teléfono con otra propuesta. Cumplí la promesa y le comenté que el libro formaba parte de una trilogía con otros dos muy parecidos en tema y modo de escritura. Se titulan los otros Tanto llorar las cosas idas y Soy yo quien con el mar juega y pierde. Los lees -le dije-, y, si te gustan, los publicas en un solo volumen. Los leyó pronto y en un periquete nos pusimos de acuerdo. El resultado es este libro que bien acaba de glosar Serafín Piñeiro Gallardo en su autorizada presentación.
Si se observan los títulos, son una continuación de aquella primera trilogía. Siguen siendo el relato de una existencia en un territorio que, al ser concebido como un locus amoenus, una Arcadia gozosa, da suficiente cobijo a quien busca restañar heridas y ahondar en los adentros del hombre, personalizarse y contrarrestar conceptos y criterios de vida vacuos y alejados de la templanza humanista.
Mas, advierto al público lector que es fácil equivocarse en su lectura. Si se busca cuanto de biografía interior tiene el libro, pues lo hay, se puede olvidar lo que predomina. No es una égloga, tampoco una elegía. No es la muerte el envolvente principal de los poemas. No es la tristeza la que prima sobre otros temas. Esta trilogía, estos tres libros son el desarrollo de unos tópicos que pertenecen a la literatura clásica grecolatina y que adopta galanamente el barroco español. Cabarna es no sólo un locus amoenus, es decir, un lugar agradable, un lugar en el que su habitante es, al menos, dichoso: como yo lo he sido. También es el desarrollo de otro tópico: tempus fugit, el tiempo huye. Ya lo decía Musso Valiente y yo lo recordaba hace unos días, cuando estuve en Lorca para charlar con las antiguas alumnas del Colegio de San Francisco:
 ¡Ablanda el pecho; ve que se retira
la juventud, y helada vejez viene...
y ya que no el amor, el tiempo expira!
El tiempo es inexorable, la clepsidra no puede detener el paso de la arena, el reloj de sol marca la hora. Todas las horas hieren, pero la última mata. Y también, como dijo Platón, "el tiempo es una imagen móvil de la eternidad". Y en todos esos sentidos lo uso. Quizá, por eso, parece algo lleno de melancolía, porque bastantes páginas del libro rememoran situaciones pasadas, cuando, en verdad, es, además, el ritmo de la naturaleza en todos los seres: nacer, vivir, morir.
Es esto es lo que también prima en la tercera y última trilogía que ya está acabada y que seguramente denominaré Tríptico 75 o Iniciación al regreso, y que está compuesta por los siguientes libros: Mientras espero el vuelo prolongado, La soledad de los mirlos de abril y Sombra que sobrevuela. Es la reflexión acerca del conocimiento de lo conseguido frente a la necesidad de los otros de un regreso. Porque cada uno debe acabar su vida en el mismo lugar que le vio nacer. Haré lo imposible para que el libro aparezca al final de este año. En verdad no es tan fácil publicar, sobre todo en lugares en el que no hay editores. Por eso hay que estar preparado, buscar y aprovechar la oportunidad cuando se presente, como en este año pasado me ha sucedido.
Bien, si todo esto tiene que ver, más o menos, con la consecución de una estabilidad en la salud y una armonía interior que dura tan poco como la llegada de una inhóspita contrariedad, la curación material obliga a una introspección espiritual que es lo que hago en Simbolica instructa (Símbolos organizados), que igual cambia de título, libro en el que se despliega una serie de metáforas que simbolizan la necesidad interior de armonía y sosiego, en verdad, pero también de consecución de una cierta clase de vida interior que calme la inquietud ante el más allá o ante la laguna Estigia para los laicos. Esperemos que también aparezca en la Navidad de este 2015.
Para comprender este libro acabado de presentar, no hay que conocer la historia de la literatura, ni saber crítica literaria, ni ser ducho en escuelas poéticas académicas, generaciones o influencias literarias, sino querer dejarse llevar de la cadencia de su lenguaje y de cuanto sugieran las palabras. Así se llegará al sentido de los versos. Cada uno de los poemas de este libro se significa por sí mismo y por la competencia que establece con cada uno de sus otros compañeros. ¿Qué quiere decir esto? Pues que cada poema de un libro tiene su propia autonomía pero queda condicionado por el resto. Hay que leer un poema como solitario y como parte de un conjunto, una unidad. Pero, repito para los que no tienen mucha experiencia en la lectura poética: hay que leer, en primer lugar, como si fuese prosa, eso sí, paladeando las palabras, deteniéndose en las pausas lectoras, incluso leer en voz alta si se quiere, y en soledad si se soporta. Cada lectura de un poema aporta significados nuevos a los de la lectura anterior. Pero ello altera su comprensión y añade otra, o sea, cada lectura parece nueva porque algo nuevo nos descubre. Sobre todo porque en cada poema de este libro hay una voluntad narrativa: contar una situación interior que se basa en un paisaje por si se coincide con la determinación de los demás y se entiende que tanto el poeta como el lector forman parte de la naturaleza humana y por ello sienten y padecen, aman y sufren.
También debo llamar la atención sobre otra notable  característica del libro: su lenguaje puede parecer oscuro, barroco. En mi opinión crítica, no en vano corrijo mucho, el libro posee el vocabulario que debe tener y le corresponde. Si algunas palabras parecen complejas de significado en una primera lectura, se debe a que no son del  lenguaje ordinario, sino del lenguaje poético, que es algo más excelso, menos común: es el vestido con el que el poeta viste ideas, sentimientos, símbolos y metáforas. Alguno de esos significados complejos se puede conocer por el contexto. Otros necesitarán la ayuda de un diccionario. Eso no es peyorativo para el lector, ni ha de ser considerado como un alarde cursi por mi parte. Ese vocabulario forma parte de mi estilo y es producto de mis conocimientos, formación humanística y múltiples lecturas.
Es el momento de agradecer la presencia aquí y ahora del amigo Francisco Jódar Alonso, al que le hago llegar mis libros porque sé de su afición a la lectura, a la poesía, del que me consta haberse manifestado seguidor y lector de mis publicaciones. Lo ha dicho públicamente y por tanto se lo tenía que agradecer también de manera pública y por ello hoy ocupo un lugar en la mesa que preside y en ella me siento apreciado. Porque don Francisco Jódar Alonso es, además, alcalde de este territorio que bauticé como Elia y al que debo buscarle nombre nuevo cuando regrese otra vez para no irme mientras viva. Ser amigo y ser alcalde son dos cosas indisociables y por eso debo agradecer más aún su presencia y sus palabras. Ha sido gestor de la restauración de esta Lorca que poco tiene que ver con la que me sugirió la Trilogía Itálica. Querido amigo y alcalde: he citado parte de mi trabajo en Calabardina. Son once los libros de poesía que he escrito sin contar, como ya he dicho, otros ensayos literarios e históricos, artículos, presentaciones de libros, prólogos, conferencias y cuanto me han pedido. A cualquiera que se me haya acercado con alguna petición, lo he atendido, no se ha ido con las manos vacías. Y lo he hecho con agrado. Es mi modo de contribuir a este resurgir de Lorca y agradecer la distinción que hace unos meses recibí del ayuntamiento pleno. Así pues, mi tiempo de ausencia no ha sido un tiempo perdido.
Para concluir, agradecer, cómo no, la organización del acto a los dirigentes del Liceo Lorquino. No distingo a nadie para que sea el colectivo el felicitado. Cada uno conoce su parte de aportación. A cada uno en particular ya le haré llegar mi felicitación por su buen trabajo. Cuanto sea cultura es bueno en tiempos de dudoso futuro. De este criterio surge mi colaboración con cualquier iniciativa que suponga un impulso educativo y literario para la ciudad. Debo citar también a Pablo Méndez, editor de esta trilogía, quien no ha podido asistir a este acto por cuestiones de agenda y compromiso anterior. Pero ya haré que de algún modo regrese y presente sus libros y los de su editorial. Y anunciar, antes de que se me olvide, que las posibles ganancias de los libros que aquí se vendan, que a eso he venido, se ceden al Liceo para que puedan contribuir a su sostenimiento. Uno de los artículos de su Reglamento señala que no acepta subvenciones de ningún ámbito oficial. Se mantienen con lo escaso de las cuotas de sus socios. Hay, pues, que ayudar en lo posible. Así, al menos, creo yo. De aquí a nada, habrá que pasar el sombrero al final de un acto para conseguir un estipendio que pueda ser un óbolo para los organizadores con vista a cubrir gastos. Es más complejo encontrar mecenas. Si el fútbol lo pagan sus aficionados, la cultura habrán de pagarla cuantos asistan a actos de esta índole

Y ahora sí, con mi agradecimiento a tantos amigos y conocidos presentes, porque sin vosotros no hubiera habido presentación alguna, ni yo venido desde Cabarna, concluyo mi intervención que ha sido, quizá, algo más extensa de lo que hubiera debido. Estoy seguro de que vuestra amistad hará que seáis comprensivos conmigo. Mi abuso del tiempo ha sido producto de la alegría del reencuentro.