miércoles, 23 de noviembre de 2011

ELIODORO PUCHE: CARCELERAS



PRESENTACIÓN DE CARCELERAS
            Buenas noches a todos. Bienaventurada la idea que nos ha convocado en este lugar cuyo pasado fue glorioso y su futuro parece incierto, pero no voy a saber porque este es uno de los últimos actos culturales en los que intervenga y a los que acuda.
            Amiga Chon Pérez-Castejón Abad, Presidenta de la Asociación Amigos de la Cultura, a la que alguna vez se le habrá de reconocer oficialmente cuanto hace por la ciudad culturalmente, a ella y a la asociación. Queda, si se sigue la tradición, ordenar las Actas de las Terceras Jornadas de Información y Estudio sobre el Poeta Eliodoro Puche y, si se llega a un acuerdo, enseñar a nuestros paisanos y amigos un nuevo proyecto ya acabado que nos hará conocer un gran número de poemas, cuarenta y dos exactamente, escritos por Eliodoro entre los años 1919 y 1930 que nadie ha leído desde aquellas fechas. Como a todo le llega su fin, a mis públicas actuaciones les ha llegado su hora. Siempre nos quedará Eliodoro. Y que la muerte me encuentre en Calabardina. Gracias, amiga, por tu invitación.
            Estimados socios de esta institución cultural que, ahí es nada, es la entidad editora de más libros sobre Eliodoro Puche, sin duda, un poeta local que se ha convertido en bandera ideológica por lo que representa o años hace han hecho que represente, porque nadie queda obligado a seguir un modelo. En ello, esta Asociación nada tiene que ver. Porque, cuando conmemora el recuerdo de su vida y obra, que sin ella quizá se hubiera perdido ya, lo hace desde una línea de noble imparcialidad que la honra, al menos desde mi punto de vista. En estos momentos, Amigos de la Cultura aparece como abanderada de este recuerdo.
            Amigos todos los que asistís a este acto. No estaba dentro de mi agenda el presentar este libro no porque no quisiera estar con vosotros, Dios me libre, sino porque me persigue la sensación de que ya estoy más visto que el tebeo y más oído que la Pantoja, y deseaba otra voz para esta presentación. Pero esa voz no ha querido ser escuchada, decisión muy respetada y respetable, y por eso estoy de nuevo entre vosotros, reflexionando en voz alta para dar cuenta de lo que encierra el libro CARCELERAS de nuestro primer poeta Eliodoro Puche. Gracias a todos por vuestra asistencia, aunque lamento, por circunstancias familiares, no poder brindar con vosotros a la memoria de Eliodoro, pero cualquiera lo puede hacer por mí.
            Estamos, y sólo hay que extender los ojos por este predio, en nuestro particular año del dolor. Esto es lo primero que me vino a la mente cuando me puse al hilvanar estas leves líneas en una de las madrugadas pasadas, ciertamente la del domingo, en Murcia. Me dije, además, que ese no era el camino para iniciar la presentación de un libro de un poeta difunto, aunque, al poco, me di cuenta de que había que dejar el pensamiento divagar por donde se había iniciado, porque había algo de razón si la mente se iba por ese camino como la cabra tira al monte. Si hubiese sido un libro mío, hubiese decidido lo mismo.
            Estamos aún sufriendo las consecuencias del dolor producido por el terremoto que ha asolado nuestra ciudad de cada día, que merecía, a mis cortas luces, mucha mejor suerte. De la asolación a la desolación. Estamos desolados por nuestra impotencia frente a los desastres naturales. Cuando era un crío y Eliodoro Puche tenía la libertad recién recobrada, una gran riada llenó de lodo ciudad y campo. Pero la edad no me permitió comprender nada de cuanto había pasado. Entendí que tenía que ser grave por el tono en el que la gente hablaba y la seriedad que estaba grabada en los rostros. Después vino la riada del 73, hace ya treinta y ocho años, en la que, ya adulto, jugué a ser un pequeño héroe tratando de ayudar con otros amigos en donde nos dejaron y mientras bajaron las agua, pues a la noche ya pudimos entrar en los lugares a los que queríamos acceder para saber qué necesitaban amigos y familiares. La misma cercanía de la riada y el que sus efectos se solaparon en seguida apenas permitieron que aquellas sensaciones, plasmadas en mi primer libro de poemas publicado, al que titulé DESOLADA SONRISA, duraran mucho, sino el tiempo exacto y seguido que Dios quiso. Hoy uno parece más dolorido porque ve con más clarividencia esta situación y la de quienes la sufren y no sabe que en qué va a ayudar si sólo se poseen las fuerzas necesarias para pasar cada día y aceptar los contratiempos que la vida pone como obstáculo. Porque, ¿quién no ha salido perjudicado de este suceso? Si esto fuese el juego de los barcos, yo diría que Lorca está tocada y hundida, so pena de que todas las fuerzas vivas, pues para eso las elegimos, todas las administraciones, pues para eso las mantenemos, y toda la gente de Lorca, como va a suceder, se aunan, olvidan el dolor y se ponen a trabajar con dureza hasta que el dolor físico, como fuerte y hermoso amor propio, haga abandonar las herramientas de las manos y, poco a poco, se vea, no tanto la laboriosa reconstrucción de la ciudad, como su renovación, ese hacerse nueva por unos hijos nuevos, para ellos mismos y para sus descendientes. Y así podremos salir tranquilos de este mundo.
            Espero que comprendan ustedes que no podía empezar de otro modo este acto organizado en torno a un libro lleno de dolor, porque ahora no se puede iniciar nada en Lorca, sin tener un recuerdo de la desolación, ante la que me pregunto ¿por qué nos tocó a nosotros?, y me respondo que porque somos lo suficientemente fuertes como para soportar sin desfallecer y cambiar esta situación. Pero no sin dolor. Así que el dolor nos ha reunido aquí. Pero, si el dolor físico se nos hace insoportable, ¿qué sucede con el dolor moral, espiritual? Sólo supe contestarme que el dolor nos lleva a la resignación. Pero, para ello hay que aceptar la realidad y comprenderla porque la seguridad que da la aceptación de la realidad nos transmite un sosiego reparador, lleno de una profundidad espiritual que llena el corazón de una fuerza a veces desconocida. La conclusión de esa meditación sosegada produce una fortaleza que adopta la forma exquisita –hoy desprestigiada– de la resignación, destino final para todo hombre o mujer. Y, a partir de ahí, a partir de la comprensión de cuanto de malo nos ha deparado la vida, se origina el proceso de cambio, de ascenso, de dejar el futuro en manos creadoras al tiempo que abandonamos nuestro ser en el Dios por excelencia, el que va a ayudar de manera continua, tal vez no comprensible por los hombres de esta tierra, para que todo sea feliz en el día que le corresponde. Y eso va a suceder para todos, crean en él o no. Estoy seguro de que yo no cumplo con Dios, pero, si me ha acompañado desde mi infancia, no me voy a apartar de él ahora ni le voy a reprochar los sucesos negativos de mi vida, que los tengo como todos, porque sólo él, que para eso es Dios, sabe por qué pasa lo que pasa.
            Sin nombrar a Dios ciertamente y con otras palabras, estos que acaban de escuchar son los criterios que Eliodoro Puche desarrolla y esa es la conclusión que extraerán. Eliodoro Puche sufre con paciencia el dolor que le supone la pérdida de la libertad sólo por motivos ideológicos. Lo alejan de su familia, sufre el destierro en la cárcel, vive el miedo que procede de no conocer su destino porque, en cualquier momento, puede pasarle algo peor, como es perder la vida en cualquier deshonroso lugar. Eso significa dolor. Y todo eso lo sabemos por el mismo poeta que, menos mal, pensaba que la literatura no era un acto inútil y de ahí que estuviese escribiendo hasta el fin de su vida, eso sí, una poesía antiheroica que no responde al retrato de moderno o modernista, representado por el dandy, decadentista o esteta, ni tampoco al de postmoderno en el sentido nietzscheano del término, porque no buscaba la aniquilación de la axiología tradicional. Eliodoro, en su poesía, jamás suprime los deseos y, cuando aparece el tedio, el esplín, es sólo una manera de estar literariamente viviendo el  día a día, una cotidianeidad que abruma de dolor, de trabajo, de esfuerzo. Tampoco pierde Eliodoro la esperanza, jamás abjura de sí, ni cae en ataraxia profunda, ni posee voluntad de disolverse en la nada. No existe en su obra la paradoja del absurdo porque vamos hallando elementos autobiográficos positivos en su escrito. En los textos suyos que conocemos, lo que se evidencia de manera bastante nítida es el desplazamiento del marco del enunciado hacia instancias que se encaminan al espacio extratextual. Porque son muchos los matices que el intelecto imagina mientras su lectura se hace un acto luminoso y lumínico, un hecho sustancial y lírico, una providencia vital y un ejemplo cívico de cómo se puede dominar la emoción ante la gran responsabilidad que es sentirse leído y conmemorado casi a los cincuenta años de la muerte. Pocos hombres significativos posee nuestra ciudad: Eliodoro debería ser uno de ellos. No sé si está en la lápida de los hombres ilustres o si alguien, alguna vez, se ha acordado para agradecer públicamente el ser poeta lorquino. Es nuestra férrea voluntad pedir que figure en el lugar que le corresponde entre los hombres señalados de la Lorca de hoy. Así lo hago y así lo repetiremos hasta cuando haga falta. Esta Asociación debería dar algunpos pasos para que eso se convierta en realidad.
            Por otro lado, cuando leemos poesía, olvidamos con cierta frecuencia que el texto es ficcional aunque se refiera a una entidad interior, de intimidad, que refleja la realidad psíquica o anímica espiritual, lo que lleva a que el lector acepte como verdadero lo que está leyendo. Pero, en este libro de Eliodoro, todo es real bajo una capa poética que oscurece el suceso que se interpreta como expresión del sentimiento del poeta bajo el dolor de la pérdida de su libertad y con los daños consiguientes. Realidad y ficción se han hecho una sola y misma cosa.
            Todo cuanto se refiere a Carceleras se explica en el texto que estoy presentando. Conocí a Eliodoro cuando era un crío e iba a las máquinas Singer, desde mi casa, por la calle del Álamo, hasta la Corredera. Mi madre era amiga de Felisa Conde y alguna vez estaban los dos en la puerta y ellos se saludaban mientras yo miraba el pelo blanco del poeta. Después vinieron los estudios y el trabajo por lo que anduve fuera desde el año cincuenta y dos. Así que ni siquiera estaba en Lorca cuando falleció. Jamás tuve Carceleras en mi mano. Así que no sé cómo era como libro. Las alas en el aire y Marinero de amor si los vi. Así que sólo hemos hecho una ordenación de los poemas que nos parecen Carceleras, introducirlas en el tema general propio de nuestra literatura, poesía castellana de cárcel, y exponer el lugar en el que las he encontrado. Hemos juntado unas treinta y dos o treinta y tres, que no está nada mal. Con su lectura podemos darnos cuenta de su temática.
            Pero lo único que hay que destacar es que, aunque Eliodoro Puche exprese su dolor, ese dolor que nombraba al principio, aunque Eliodoro exprese su miedo racional, aunque haya una gran solidaridad en los poemas, aunque haya un sentimiento contenido, aunque exprese lo indecible, por más que nos diga cómo es el agua pero sin poder verla, cómo el amor hacia su hermana lo lleva a mirar y su mirada no puede atravesar el muro de la cárcel, jamás muestra una palabra de enojo, de malhumor, de desarraigo, de odio hacia los demás, de queja profunda o no ante la divinidad, sino que es honesto con el compañero, se muestra dolorido con el que ha sido fusilado, se muestra horrorizado del lugar al que ha descendido el hombre, se manifiesta como un hombre que ha sido doblegado, castigado, como un ser que se ha sentido indefenso, pero jamás pronuncia palabra vana contra nadie. Es más, aunque se sabe, como expresa, sólo un preso, un casi condenado, espera tal vez que le llegue la salvación, porque, en su creencia, sabía que a todo hombre le llega su hora de alegría y que algún día iban a triunfar los ideales por los que había luchado, por los que había sufrido dolor, por los que había estado en la cárcel, por los que había sido humillado, sin que de su boca saliera una palabra condenatoria para nadie. Y cuando sale de la cárcel terrena expresa con gran intensidad ese resurrexit con el que va a concluir la lectura de las carceleras que, a continuación, va a tener lugar.
            Todo eso es lo que determina que Eliodoro Puche sea un poeta humano, que sea ejemplo de hombre, que sea un modelo a seguir en su comportamiento, que, pasados los años, todavía haya lorquinos que lo recuerdan, que lo homenajean y que siguen viendo, en el viejo, republicano, un ser fiel a sus ideas, un honesto poeta y un hombre que ejemplifica valores que hoy en día, desgraciadamente, no se cultivan.
Viejo poeta Eliodoro,
el de los años cuarenta,
en tu vida sólo cuenta
cárcel y poema, añoro
tu voz, sé de tu sufrimiento,
es tu bondad pública,
tu paciencia bíblica siento,
tu vida, bohemia y llanto,
y en tu lectura encanto
y expresión humana veo.
Gozo sobremanera, amebeo,
por haber contribuido
a que tu obra fuera no ruido,
sino dulce parlamento
humano, música de cuento,
palabra con centelleo.
Sólo he buscado tu palabreo,
tu prestigio como esteta.
Espero que alcances la meta
que me propuse primero:
que te conozcan con esmero,
poeta, y que llegues al lugar
que te mereces ocupar,
poeta Eliodoro Puche, poeta.


Calabardina, 23 de noviembre de 2011
Día de San Clemente, patrón de Lorca.


lunes, 14 de noviembre de 2011

POCOS SON PARA LO MUCHO QUE HAY EN JUEGO



Ayer, viernes 11 de noviembre de 2011, tuvo lugar en Lorca un homenaje a la ciudad y a las víctimas del terremoto del miércoles 11 de mayo de este mismo año. Me eligieron para expresar el sentimiento colectivo. Y esto fue lo que dije.  

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          Hay días en los que, al salir a la calle para emprender la tarea diaria, un negro presagio de que la jornada no va a acabar bien, nos embarga. Es como si una bruma grisácea nos echara el brazo por encima del hombro y, como si fuera una bufanda que intentara darnos calor, ánimo, compañía, nos aprieta tanto que, al final, hay que deshacerse de tan nefando abrigo, mientras un cierto malestar se adueña de nosotros. Así sucedió el 11 de mayo, a pesar de que el día apareció soleado, sonriente y bondadoso.
            Buenas noches, Lorca; buenas noches, amigos míos en la solidaridad y en el afecto. Deseo, si me lo permitís, en primer lugar, saludaros, deciros que siento como vosotros, más no, pero igual, los tristes sucesos del 11 de mayo. Queridos lorquinos como yo, queridos amigos míos de verdad, queridos vosotros que habéis sido lastimados más o menos duramente por el seísmo, porque, ¿quién en Lorca no ha sido dañado de alguna manera por el terremoto?, ¿quién no ha sufrido miedo, dolor, espanto, llanto por su situación y por la de los demás?, ¿quién no ha visto sus recuerdos enterrados para siempre?, ¿quién no es obligado a iniciar una nueva vida? ¿cuántos hemos visto derribar nuestras viviendas actuales o en las que críamos a nuestros hijos? Y ante nuestra inocencia, ante nuestro estupor, ante la impotencia que se siente, surgen las preguntas: ¿Por qué, pueblo mío, pueblo laborioso, pueblo anhelante, pueblo sombrío de tanto ocre llanto, pueblo lacerado en lo más hondo de tu esencia, en lo más extremo de nuestro yo de ufanos habitantes de esta tierra sangonera, te han herido? ¿Qué hacer? ¿A dónde concurrir? ¿Cómo consolar a este pueblo afligido, a esta Jerusalem de Gólgota amargo? Pero, nuestra sabiduría de hombres y mujeres arraigados en esta tierra de secano nos permite conocer que lo sucedido sólo es manifestación de la caducidad de todo lo terreno, como lo expone líricamente el poeta Quevedo:

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!
¡Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría,
pues con callado pie todo lo igualas!
Feroz, de tierra el débil muro escalas,
en quien lozana juventud se fía;
mas ya mi corazón del postrer día
atiende el vuelo, sin mirar las alas.
¡Oh, condición mortal! ¡Oh, dura suerte!
¡Que no puedo querer vivir mañana
sin la pensión de procurar mi muerte!
Cualquier instante de la vida humana
es nueva ejecución, con que me advierte
cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.

            No tengo más remedio que dar las gracias a quienes me han convocado para este acto y me han hecho venir desde mi refugio de Calabardina, porque así tengo la oportunidad de expresar mis sentimientos, que son los de todos, incluida la Mesa Solidaria, ante vosotros, damnificados en ese día ruin, heridos en vuestro corazón, alterados por un ruido de segundos cuyos efectos van a durar toda una vida. No sé si mi compasión, o mi resignación, si mi participación en vuestros sentimientos sirve para algo, pero sí os comunico que lo que os digo es verdad, siento con vosotros, sufro con vosotros, padezco con vosotros, pido con vosotros.
         Quiero significar, por otro lado, que no he pedido favores para venir a esta plaza a conmemorar los seis meses del terremoto, pero tambien os debo decir que me alegro de estar aquí para compartir con vosotros los sentimientos que os embargan. Como también se me convocó para dirigir la palabra a mi pueblo cuando el atentado en Madrid, el 11 de marzo de 2004, maldito día 11, y lo hice, qué menos si soy nacido en esta tierra noble, trabajadora, austera, pero también dolorida, aterrada, necesitada. Si se me llama, si se me convoca, no pregunto, vengo y estoy con mis conciudadanos para compartir con ellos el dolor, el suyo primero. Y así continuaré actuando mientras exista, porque la vida es apenas un breve y veloz vuelo.
      Lorca ha sufrido un daño que puede ser irreparable. Lorca ha sido abandonada por los dioses del barroco y es bueno que se luche para que se pueda recuperar, como lo hará, gracias al trabajo de esta generación que va a llevar sobre sus espaldas el peso de una desgracia natural. Sin embargo, hay quien nunca va a ver, desde la tierra, esa Lorca nueva que pronto será una realidad. Tuvieron peor suerte y perdieron la vida Juana Canales López, Antonia Gallego Sánchez, Domingo García Vera, Raúl Guerrero Molina, Rafael Mateos Rodríguez, María Dolores Montiel Sánchez, Emilia Moreno Moreno, Pedro José Rubio Corbalán y Juan Salinas Navarro, a quienes Dios tendrá en su lugar y con cuyas familias lamento su pérdida.
         Pero en aquel miércoles 11, del que hoy se conmemoran los sies meses, hubo mucha gente que fue compasiva, que fue caritativa, que fue expresamente generosa y puso en peligro su vida para evitar que el caos lastimase más a los lorquinos y las consecuencias fueran mayores. Con temor a no nombrar a alguna concreta por desconocimiento, cosa por la que pido perdón si así fuera, he de agradecer, como lorquino, las ayudas prestadas por Cruz Roja, Cáritas, Scout, Policía Local, Policía Nacional, Guardia Civil, Unidad Militar de Emergencias, Bomberos, Funcionarios municipales, ciudadanos en general, empresas, instituciones, entidades y personas que han hecho llegar sus muestras de afecto y generosidad a través de la mesa solidaria. En el corazón de esta ciudad estará siempre su recuerdo. A nadie más se cita, ni parece necesario, porque, todos los que faltan, están cumpliendo seriamente su obligación y sólo necesitan aliento, acierto y capacidad de trabajo.
       Es tan señaladamente inteligente nuestra ciudad, este pueblo trabajador, sano, tranquilo, cariñoso, caritativo, de buen corazón, que, desde el instante mismo del terrible suceso, puso manos a la reconstrucción de su ciudad y, aunque con numerosos problemas, con dolorido sentir, con las disconformidades propias, es algo que, poco a poco, se va a ir viendo. Lorca debe recuperar muy pronto su aspecto de ciudad moderna, ciudad puntera, ciudad fabril, ciudad de suelo grato, ciudad llave segura del reino, como reza su escudo.
         Hay que apretar los dientes, hay que sortear las dificultades, hay que unir voluntades para que la obra que se necesita, para la gestión obligada, para lo que nadie va a hacer por nosotros si nosotros desfallecemos, sea objeto obligado para la renovación, para la creación de una nueva ciudad que pueda parangonarse con otras y, sobre todo, que solucione sus problemas estructurales, empresariales, culturales, para siempre. Lorca es más que un deseo, Lorca es más que un lugar encumbrado. Lorca es el lugar en el que vivimos y de ahí el amor que le tenemos y que vamos a demostrar en una situación tan desmesurada como es la que se está padeciendo.
          En nuestra estancia lorquina, en delicia se convierte la prédica serena, la tertulia bajo el porche de la Plaza de España, donde la sombra de la torre altiva observa la nobleza del cabildo frontero, la leyenda de Elio y Crota a la esquina adosada, ocre testigo de los devaneos de aquellas damas de despedida efusiva y atrayente, habitante en su sombra acogedora. Mientras, la ciudad adolece malva soledad de campanas, infausta muerte de esquinas pétreas y monumentos seculares, arrojadiza almena, amicales placetas para el vino. Es una calle andariego misterio de los pasos oscuros por la vida, sufragio de amigos, aderezada estancia en balcones de flor celeste. Ausente, menos belleza reside. Amor escasamente compartido, triste hace los días y el mito de la urbe.
            Lo que ha hecho la ciudad en este tiempo, el comportamiento ejemplar de los distintos estamentos ciudadanos, cómo el pueblo ha sabido reaccionar e iniciar una reconstrucción que se nos antoja dura de ejecutar, es algo que será reconocido eternamente y que será un escudo más a colocar en la ciudad como homenaje a todos los que van a dejar su esfuerzo y pusieron lo que tenían que poner para que del daño fuese el menos el que nos afectase.
       No puedo menos de concluir con un fuerte abrazo a las lorquinas y lorquinos que han sufrido y sufren esta situación para la que la Naturaleza nos eligió. Hagamos frente a las consecuencias fatales y que en unos pocos años todo cuanto ahora es ruina sea lugar de bien estar, lugar de encuentro, lugar de recuerdo. Ese es nuestro deseo porque es un deseo racional, prudente y sabio. Hasta entonces, hasta que todo sea una bella realidad, un abrazo. Con vosotros queda mi solidaridad y mi afecto. Y las gracias por acudir a este recuerdo que, iniciado con tristeza, concluye en la esperanza de su solución.

José Luis Molina Martínez
Calabardina, 12 noviembre 2011