lunes, 26 de marzo de 2012

LO PROMETIDO ES DEUDA, ERALUCANA, QUE AHORA SALDO

 

Intérpretes de CESARIÓN, Rafael Sánchez Campoy
EXCURSO
Si escribo ocurrentemente con tinta morada, no se debe a la cercanía de la Semana Santa -attendite et videte si est dolor sicut dolor meus- sino al sufrimiento que produce expresar, recoger, difundir, comentar, dar a conocer el acto creativo personal y participar con los lectores en la resolución de un complejo recurso íntimo -estilo- que, en definitiva, es una definición del escritor, mía en este caso.


Eralucana, amigo selecto, me explicó en un email (...me dispongo a redactar estas notas. No sin antes echar un vistazo por tus ventanas (blogs le llaman ahora): "La cola de la Cala" y "La calle tranquila". Y como veo en ellas cierto ajetreo reciente, deduzco que todo está bien. Y que tienes esa excitación necesaria para la creación y la labor investigadora. Supongo que se rompen ciertos ritmos y se crea ese desequilibrio que hace falta para estar en vena. Y hablando de ritmos, no sé por qué, pero siempre he valorado más el ritmo de tu prosa (ya sea ensayo o creación) que el de tu poesía. En tus poemas no soy capaz, como lector, de disfrutar de los acordes del verso. Es una asignatura que tengo que aprobar: supongo que a fuerza de probar y probar) cuál era su postura ante mi escrito. Me dejó algo perplejo pues

"Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo...",

entendía que la cosa iba por otro derrotero, y que, aún sabiendo de su dificultad, la de mi poesía, era más o menos cualquier cosa menos falta de ritmo. Incluso pensé en que obedecía a mi especial semántica, a mi facundia expresiva, a mi ascendencia clásica. Le prometí contestarle y ahora lo hago.

DISCURSO
Dicen los teóricos y quienes lo han experimentado que la poesía debe (ha de) despertar emoción (parece una cierta obligación, algo impuesto). Pienso que es un resto no extirpado de la Preceptiva Literaria, pero de seguir por ahí, la discusión sería eterna, al menos hasta el día de mi óbito. No lo quiero poner en duda. Pero también es verdad que no es lo mismo escribirla que leerla. Sobre todo, por la composición de elementos, dado que está presente el acento, la rima, la sinalefa, diéresis y sinéresis, la metáfora y otras figuras literarias de igual modo y otras suertes aleatorias que definen el acto creativo, cuando uno ya está a gusto en él y sucede como si quisiese jugar con la disposición de los versos, de modo que creen cierto dibujo sígnico, cierta complicidad, cierto marco esotérico, es decir, misterioso. El marco del que se dota al poema es importante, como lo es la lectura comprensiva y más tarde la lectura poética, o sea, aquella que, descifrada la estructura del poema y admitida como acto de comprensión, permite que la palabra se haga y comparezca, se sienta y se asimile junto a todo lo demás, sabiéndose protagonista. Los detalles afectivos los pone quien se sienta tocado por novedoso placer (¿espiritual?) de un palabreo estético.

Cuando yo leo, trato de identificarme con lo que el poeta dice, escribe, tras una noble lucha por hallar las palabras precisas que engloben cuanto el poeta quiere expresar: la totalidad del universo, la cercanía de lo absoluto, la vibración de la generosidad. No es que no me fije en esa emoción, ni en la cadena de imágenes que provoca el uso de esas palabras, sino que me detengo en las palabras mismas, no sólo en su significado, sino en su cadencia, su personalidad, su manera de estar, su musicalidad -¿será el ritmo que echa de menos Eralucana?-, su colocación en el verso, su paladeo glorioso cuando un alumbramiento estético, si no se frustra al contacto con la intimidad que se bloquea por el parpadeo casi erótico de la sensibilidad, se convierte en palabra poética cuyo uso prolongado o la falta del mismo no permite conocer su significado semántico a una amplia mayoría: cencella ------> cencellada, música cencellada ------> música helada, como cuando la niebla cencella, pero tan bonita como los cristales de la misma. Así pues, acepto lo de escritor de minorías. ¿Tiene ritmo el desarrollo de este párrafo? Te juro que, casi con las mismas palabras, podría hacer un nuevo poema para mi "ventana" en la que voy publicando mis poemas. Sólo temo convertirme en un poeta retórico, entiéndase vacuo.

Para entender, entre comillas, y sentir un poema hay que ejercer en esa lectura la capacidad de síntesis para "verlo" todo de un vistazo, como si de una intuición se tratase, acaso lo sea: hay que unir en un tris todo cuanto conocimiento se posea de métrica, retórica, poética y otras artes líricas, y aplicarlo a la poesía, más el añadido de la comprensión y, sobre todo, de la experiencia lectora, que hace adivinar cuanto quiso decir el poeta, más que decir, comunicar, transmitir, hacer partícipe a los lectores de tema  (la parte general de lo que se habla y de la que se supone un conocimiento previo -general- por parte de los interlocutoresy rema (lo que se dice del tema aportando información nueva, que es la labor de poeta: modificar lo general para darle al pensamiento su tono personal, su estilo). Porque, Pessoa dixit, "el poeta es un fingidor", o sea, el poeta, que escribe para sí mismo y, por lo tanto, posee todas las claves para disfrutar con la relectura textual poemática, trata de fingir o disimular, por medio de los artificios que ornan y completan, y, por ende, complementan el mensaje, sus sentimiento, cuanto por su ánima fluye, su experiencia si no vital, sí íntima, espiritual casi, mística en alguna perdida ocasión -Deo volente-, y, entonces, se sublima todo, la palabra, la escritura, el poema, la lectura e incluso el mismo acto de escribir. Después está el modo de ocultar lo que se dice. Es decir, fingir, hacer ficción, aun cuando sea lírica. Por eso es literatura. Y por eso sólo digo mi canción a quien conmigo va.

Álvaro Cunqueiro
En el acto de escribir, pesa y muy mucho -valga la redundancia- la educación, los estudios -clásicos los míos-, las lecturas, la armonía, la naturaleza, la vida interior, la búsqueda trascendente, el estado de ánimo, la soledad y el silencio en el que se viva, la delicadeza, el acompañamiento de que se dispone -música, arte en general- el grado de intimidad con uno mismo y con la divinidad, la trascendencia, la sensibilidad -no enfermiza-, el sonido de la campana del claustro en que se habita. Parece estrafalario referirse a la campana claustral, pero es el timón que gobierna la vida, la que permite un horario fijo y preciso al escritor.

Yo escribo al modo clásico grecolatino, procedente, sin duda, de mi  formación humanista: grandes periodos oracionales, extensos, con el verbo, al final, como hacía Ovidio:

"Cum subit illius tristissima noctis imago,
qua mihi supremum tempus in Urbe fuit,
cum repeto noctem, qua tot mihi cara reliqui,
labitur ex oculis nunc quoque gutta meis".



(Cuando acude a mí la imagen tristísima de aquella noche
que fue para mi el último tiempo de estancia en Roma,
cuando recuerdo la noche en la que dejé lo más amado por mí,
todavía ahora las lágrimas manan de mis ojos)*

 




Propongo un ejemplo personal:

La sombra de la sulamita radicada
en el reverbero mañanero de la Cala,
mientras la celeste brisa menea
las palmas quemadas del certero
viento sureste que ulula en la alameda
y siento batir mi alma cuando, sedente
junto al tronco rapado por los palmeros
podadores, alberga el ansia final
de este marzo que alentó los idus
que abatieron el silencio habitante
en mí, indigente de visión certera.

Sulamita
 

 Esto que acabas de leer son palabras que he acabado de escribir hace un rato: he estado sentado en un banco en el paseo de la Cala(bardina), a cada lado del banco una palmera, el paseo lleno de ellas. A la palmera (del desierto) que está junto al banco que ocupo, la llamo o nombro sulamita porque a Sulamita, amante de Salomón, protagonista del Cantar de los Cantares, la "veo" ondulante y esbelta como una palmera, porque, en un acto creativo, literariamente hablando, la he personalizado, como igualmente hago con la alameda o el paseo. ¿Hace falta saber todo eso para la comprensión o interpretación del poema? Así pues, aquella información no la puede conocer el lector, pero tampoco le hace falta. Se lee, se disfruta de la lectura y ya está. El más exigente volverá al poema. Y, en esa pesquisa personal, es dónde y cuándo el lector entra dentro del poema e interpreta, crea un nuevo poema, que es el suyo, pues procede de las variaciones que ha efectuado en el poema que le ha servido de acicate para su acto creativo. Consecuentemente, en ese acto existe una influencia poética. Recuerdo la frase de Harold Bloom: "Abandonemos el fracasado intento  de entender un poema como una entidad por sí mismo" Hay que efectuar la búsqueda personal del aprendizaje de la lectura de un poema, de todos los poemas. Pero, la pregunta, no contestada, sería cómo se puede conocer el ritmo del poema, de haberlo. Pero no he indagado aún en ese laberinto. 

Sulamita

Quizá, yo no haya resuelto técnicamente la ilazón (conjunción) relativa. El uso del "que" alonga, quizá infundadamente, o sea, sin fundamento serio, el texto y embrolla (finge, pues es acto fictivo) la comprensión (interpretación), pero también posee su encanto. Por otro lado, mi "cultura" -a veces me creo un diccionario- oscurece (hace barroco) el poema. Mis referencias clásicas asustan. ¿Seré, por ello, poeta de un tiempo pasado situado en este presente no humanista, que profesa no la cultura de los apocalípticos e integrados sino la cultura de la ignorancia?


No te entiendo, me dicen. Ni falta que hace, pues, en principio, escribo para mí, aunque me gusta tener lectores. Por ello, pienso que alguna vez alguien me lee y disfruta. Alguno, alguna vez, alguien llega hasta el asombro. Y yo, querido Eralucana, me siento satisfecho. Pero más lo estaría de ser tú el que "le cogiera el tranquillo" a mi poesía. Continuaré un trecho por si logro descifrar el mito del ritmo, su cadencia, su misterio.






* Ruego se perdone mi atrevimiento por hacer esa traducción literal de "El adiós del desterrado".

Calabardina, 26 de marzo de 2012
José Luis Molina Martínez

miércoles, 7 de marzo de 2012


PRESENTACIÓN DE LAS ACTAS DEL CONGRESO SOBRE CASTILLO NAVARRO: 6 DE MARZO 2012 

Portada del libro presentado



               Excmo. Sr. don Francisco Jódar Alonso, Alcalde de Lorca. Ilustrísima Señora Doctora Doña María Ángeles Abad, Vicerrectora de Coordinación y Comunicación de la Universidad de Murcia. Ilmo Sr. Doctor Don Manuel Martínez Arnaldos, Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, director que fue del Congreso. Amigos todos asistentes a este acto cultural.
            Una vez más abandono mi retiro de Calabardina, convocado por quien tiene autoridad y amistad para ello, con el motivo de presentar las Actas que corresponden al Congreso que, sobre José María Castillo Navarro. Vida y Obra. El cuento y la novela de su época (1950-1975), se celebró en Lorca en los días 12, 13 y 14 de noviembre de 2008. Con su final, entendí que mi estancia en Lorca se había acabado, porque ya tenía finalizado cuanto quise hacer, literaria e intelectualmente por los escritores lorquinos, sobre todo por Carlos Mellado Pérez de Meca, José Ferrándiz Ruiz, José Musso Valiente y el propio Castillo Navarro, que los jóvenes valores andan por sus propios pies. Espero que alguno, como la autora de Óxido, Inma Pelegrín, escriba como oficio y luche por publicar, sin desesperar si no aceptan la editoriales sus originales. A mí me queda aún la conclusión de otro proceso investigativo sobre el poeta Eliodoro Puche, pero esa es una labor que realizo en otro foro.
            Por otro lado, ya era tiempo de dedicarme a mi, de recobrar la inocencia perdida mientras andaba en la lucha por la vida, de recuperar la espiritualidad añorada por abandonada en el tráfago humano  y dedicarme a mi propia labor de creación, como así ha sido, con resultados aceptables, acaso fueron tres los poemarios que concluí, de no ser por otros factores que son objeto de mi preocupación, que espero pasajera, pues nada malo o bueno hay que cien años dure, si no es un poema intensamente escrito. Por eso, siempre retorno y retornaré mientras la salud me lo permita. Así que agradezco a quien me convoca me haya concedido la posibilidad de reunirme una vez más con vosotros, queridos amigos, porque estar juntos aquí en Lorca, una ciudad maltratada por la Naturaleza, castigada con excesiva severidad sin necesidad aparente, sin que sus habitantes, nosotros todos, nos lo mereciéramos, es una bendición. Lorca ha sido puesta a prueba y, con las ayudas oficiales que las administraciones han de conceder, ya estén en marcha, ya estén por venir, o no vengan, sólo se saldrá de la crisis y de la situación apurada que ha dejado el terremoto con el trabajo personal, la iniciativa privada y el esfuerzo solidario. Lorca será lo que su gente se proponga. Estoy seguro de que esto ha sucedido así para ponernos a prueba, para que nuestro propio esfuerzo sea el que permita la superación de tanto dolor, material y espiritual. Ni siquiera la riada de 1973 causó parecido daño. Deseo señalar también que hace falta cuidado espiritual para todos los que hemos sufrido por el seísmo.
            Se aprecia, al entrar en el estudio de los pueblos clásicos por excelencia, Grecia y Roma, que el Estado protegía a los que habían destacado en las tareas literarias con ciertas clases de privilegios. Así podemos leer, además, en las novelas que analizan la vida cultural de aquellos varones que destacaban en la lírica, como Horacio, Virgilio, Ovidio, pues cantaban las excelencias de su patria que, a su vez, se sentía realzada por ello y actuaba en compensación con la concesión de honores determinados y favores de todo tipo de los que gozaba el poeta casi al final de su vida, o sea, cuando lo necesitaba. Podemos observar esta situación en la novela La muerte de Virgilio, de Hermann Broch. El político admira la gran obra que ha leído mientras Virgilio, que no cree haber alcanzado la perfección, quiere destruirla para que la posteridad no sepa de ella, nada menos que la Eneida, la mítica historia de la ciudad.
            Castillo-Navarro es el escritor lorquino que más ha destacado en la república de las letras nacionales, es decir, de España y el Ayuntamiento le ha tratado como si fuese un antiguo patricio. Si atendemos a su bibliografía, en 1963 deja de, al menos, publicar, no de escribir. Yo le he visto corregir mata mala mata tanto en el Club de Tenis que entonces dirigía como en la casa de Antonio, que había sido labrador de Eulalia, su esposa, cuando bajaba los domingos para dejarle los periódicos y otras cosas que necesitaba por entonces, como ver a mi hija Belén, porque siempre susurraba, en el momento de la despedida, “¿cuándo me vas a traer a tu hijica?” Por ello, Belén, en su intervención recuerda su amistad. Entraba a su casa por el Camino de las Zahurdas. Después, lo hice por Copo Terré. La diferencia radicaba en que el Camino de las Zahurdas era un infierno de tierra y baches y el recién estrenado coche se hacía polvo, y el otro estaba asfaltado. En 1974, aparece El cansado sol de septiembre, que cuenta con un exhaustivo estudio introductorio de mi autoría, en su reedición, en el que intentaba abarcar cuanto sugería la obra y la vida de Castillo Navarro. Pero era una novela anterior publicada primeramente en Francia. Así pues, él llevó con gallardía el nombre de Lorca por los lugares en los que paseó su literatura, España, Francia, Italia, Rumanía, pues al francés, italiano y rumano se tradujeron algunas de sus obras. Y por ello se merecía el homenaje de su ciudad. Que no se lo negó pues, a partir de ahí, la ciudad, su patria chica, ha sido la que se ha ido ocupando de él para que su memoria no quedara sepultada en el olvido: sólo el pasado nos hace amar el presente, sobre todo cuando se puede ejemplificar con él.
            La amistad y la admiración literaria llevaron a Chani Espejo Arévalo a hacer su tesis doctoral sobre el novelista amigo: Castillo Navarro o la pasión por la tierra (1990), tesis inédita. El Ayuntamiento de Lorca ha reeditado El niño de la flor en la boca, 1990, con dibujos de Joaquín Ruiz Guzmán, Joakín; del cuento que da título a la colección, se hizo una edición para escolares. También le ha reeditado Con la lengua fuera (Alicante, Aguaclara, edición de Pedro Guerrero y Anthony Percival, 1999), Caridad la Negra (edición de P. Guerrero y A. Percival, 2003), El cansado sol de septiembre (2006), edición de J. L. Molina, y Las uñas del miedo, en edición de Pedro Guerrero y Mary S. Vasques (2007). En 2008, la Asociación Amigos de la Cultura reeditó Manos cruzadas sobre el halda con un prólogo de un servidor de ustedes titulado “Manos cruzadas sobre el halda, el acento ético de lo noble”. Es una de las novelas que más demuestra la sensibilidad y pulsión estética de Castillo Navarro. Es una novela que eternece y conmueve. Faltan, pues, por reeditar La sal viste luto y Los perros mueren en la calle. Si se publicaran, la ciudad, su Ayuntamiento, habría reeditado toda su obra. Lo cual no es poco. Eso sí, de pedirme consejo alguien que quisiera dar este paso, recomendaría la publicación de mata mala mata, cuyo original poseo, entregado por su autor para que, repasada, se publicase, como se manifestó públicamente en el Congreso, a contestación de una de las preguntas que le dirigió Santos Sanz Villanueva, con quien se comprometió a revelar las razones por las que dejó de publicar, cosa que no dirá jamás. Pero aquello ha de hacerse en su momento, o sea, cuando se vea oportuno y la ocasión sea correcta. De llevarse a cabo esta edición, se vería otra realidad literaria en el escritor lorquino. Las decisiones de las personas nos privan, en ocasión como esta, de haber podido disfrutar con la lectura de nuevas novelas. Por ello, nos alegramos de poseer lo que escribió y tenemos a nuestro alcance. Como también ocupa un lugar en mi biblioteca un ejemplar mecanografiado de Cuentos para aprender a vivir, que corrige, no sé si acertadamente, una y otra vez, porque la versión definitiva será la que se publique. Para la reedición de El niño de la flor en la boca, decidió repasar y retocar el texto, por lo que modificó la edición primera, cuestión filológica importante. Excepto el profesor de la Universidad de Murcia Francisco Javier Díez de Revenga, que posee la primera edición, el resto que se ocupó de este libro de cuentos, citó por la edición municipal, por considerarla primera o fiel al original aparecido en 1959. Es algo que merece la pena tengan en cuenta los investigadores.
            Lo último que la ciudad, su Ayuntamiento, organizó, junto a la Universidad de Murcia, para mayor gloria de Castillo Navarro, fue el congreso que se celebró en Lorca en noviembre de 2008, como ya se ha dejado dicho. Fue un gran acontecimiento cultural que sirvió para que Castillo Navarro se refugiase, por voluntad propia, quizá por las lagunas de la edad o achaques de la vida, felizmente, en Copo Terré y prácticamente no haya salido de allí, y yo me fuese a Calabardina con mi salud resentida y el daño en el corazón, en busca de un alejamiento cercano que me permitiese recomponer mi vida y continuar mi obra sin perder nunca de vista las realidades diarias, cumpliendo ambos nuestros objetivos.
            Hoy, lamentando la ausencia de Castillo Navarro en este acto por las razones que sean y aceptando las razones que le dio a mi hija Belén como disculpa, me encuentro, casi del todo recuperado, mis objetivos en marcha, en Lorca, para presentar estas Actas que ya llevan, tras muchas circunstancias, impresas y a la espera de la oportunidad precisa, más de un año. Castillo Navarro, entiendo, ha sido tratado por su ciudad maravillosamente. Sólo queda que se le nombre hijo predilecto de la misma o que sea nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Murcia. Pero no me corresponde a mí solicitar nada de ello. Mi labor ya acabó, pues, desde el primer momento, desde la primera vez que vino Santos Sanz Villanueva, a hablar en el Ciclo de Temas Lorquinos que organizaba la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia, en aquellos tiempos en que el proyecto cultural de su Director, Pedro Postigo, era una muestra de nuestro pasado y presente, en todas las reivindicaciones que sobre su vida y obra han sido me he visto en la cabecera, en alguna concreta, a mi pesar, en otra ninguneado. Así quedaba determinado por mi amistad con el novelista y con mi amor por las letras y la cultura lorquina a la que pertenezco.
            Todos los objetivos literarios a cumplir con la celebración del Congreso se consiguieron desde su misma inicial programación. Nueve fueron las Universidades presentes: la Autónoma, Complutense, UNED, y San Pablo- CEU, todas ellas de Madrid, y las de Barcelona, Cádiz, La Rioja y Murcia, con una amplísima representación esta última. Alguién llegó también, desde la Universidad de Lieja, para conferirle el título de Congreso Internacional. Y se contó con la presencia de una japonesa, Manami Marimoto. Fueron treinta y tres los especialistas, doctores y licenciados, que acudieron a la cita y treinta y cinco las ponencias y comunicaciones presentadas. Toda una experiencia crítico-literaria que abordaba no sólo la vida y obra de Castillo Navarro, sino también la producción literaria de la época, por aquello de la literatura comparada, hoy tan en boga por uno de esos vaivenes a que nos tiene acostumbrados la ciencia literaria, quizá inmovilista tras el formalismo y muy movida en los últimos años, tras los trabajos de Umberto Eco y Harold Bloom, mientras quedaba abierto el arco de escuelas crítico-literarias, como la narratología y otras, bajo cuyos dictámenes tenemos la certeza de que la interpretación de la obra es, con mucho, más segura y acertada que con la crítica tradicional.
            Por cierto que, por la Universidad de Murcia, acudió, aunque ya lo ha contado él mismo, uno de sus mejores teóricos literarios, el catedrático y periodista que fue, especialista en la novela corta, titulogía y mass media, mi distinguido amigo y profesor, el director de mi tesis doctoral, de la de mi hija María Belén Molina Jiménez  y de la de Tana García Mínguez, Manuel Martínez Arnaldos, también director del Congreso a quien, por su vinculación con nuestra ciudad, habría que felicitarlo y concederle un público reconocimiento. Como ejemplo, hago notorio que acaba de presidir el jurado que ha fallado el XI Premio de Novela Corta Casino de Lorca, cosa que viene haciendo desde la primera convocatoria ininterrumpidamente.
            Y continuando con lo que nos había reunido aquí, podemos aseverar, pues estamos en condiciones de hacerlo por nuestra presencia constante en el decurso del congreso, que todos los aspectos de la obra literaria de Castillo Navarro fueron analizados, como se puede comprobar con la lectura de este libro, seiscientas sesenta y seis páginas, que es como las Actas de cuanto sucedió en el congreso, al menos de las intervenciones críticas, y que hoy es dado a conocer al público de Lorca que se lo merecía.
            El libro, como el congreso, se divide en cuatro apartados. Va precedido de una Introducción fedataria en la que se expone toda la trayectoria literario-vital de Castillo Navarro que firman los directores del Congreso, el profesor Martínez Arnaldos y los dos currantes Santos Campoy y yo mismo, que le hemos acompañado en todo cuanto ha dirigido en Lorca. El dedicado a Teoría e Historia Literaria contiene catorce intervenciones. El concedido a Crítica Literaria: Novelas, comprende diez intervenciones. Crítica Literaria: Cuentos abarca nueve trabajos y la dedicada a Arte, es decir, cine y pintura, se cierra con dos participaciones. En total, porque alguno presentó más de una intervención, treinta y cinco análisis parciales de algo que se llama Obra de Castillo Navarro.
            Si uno se demora en presentar la lista de participantes es porque no la voy a facilitar ya que se encuentra sencillamente en el Índice del libro y es mi particular deseo en esta presentación no especificar nada que haga sobresalir a unos participantes pues es podría pensar que destacaron sobre otros, no siendo así, porque, al tratarse de un volumen colectivo, cada lector se adscribirá a los autores o temas que más le atraigan. Eso sí, señalar que de la ciudad de Lorca participaron los investigadores, críticos  y/o profesores Pedro Guerrero, Ana Peñas, Santos Campoy, Belén Molina, Fedro Felipe Sánchez Granados, Clemen Millán, Tana García Mínguez y el que esto relata, casi todos amigos de Castillo Navarro.
            Según el título de congreso y libro, se trata de Vida y Obra del escritor Castillo Navarro. De la Vida no existe participación alguna, aunque en la Introducción se proporcionan unos datos ya casi oficializados de tan repetidos, al menos por mí, que los recopilé para cuando hube necesidad de ellos y para el futuro venerable que espera a la literatura. Cuando Pilar Barnés escribe sobre la calle Redón y Rincón de Macho, expone que Castillo Navarro es un niño muy listo y aplicado. Así, pues, se produce la primera laguna importante: conocer su infancia. Pero eso depende de él mismo y de un investigador que tome este derrotero. Otra laguna es la de su estancia en Barcelona. Cuando vino a Lorca Baltasar Porcel, me preguntó sobre la esencia y vida de Castillo Navarro, pues él lo conoció en Barcelona. Lo que me contó sobre nuestro novelista no es trascendente, pero tampoco lo he referido nunca, porque en nada es significativo. Por ahí pueden estar las peripecias investigativas, aunque, desde que se analiza la obra en sí, los datos biográficos importan menos. José María es el que puede dar la respuesta clara y concisa sobre su propia vida, pero no creemos que esté por la labor, porque nunca ha respondido a ese tipo de preguntas por las razones que a él le hayan parecido, pero aún quedan algunos familiares que pueden recordar algo y comunicarlo si lo prefieren, aunque en este sentido, si no se hace así, sólo podemos conocer lo que hayan recogido los periódicos, pero, cuando se lean, se comprobará que el mismo escritor deja datos contradictorios. Tampoco sabemos si dejará escrito algún diario. Castillo Navarro es muy celoso de su intimidad y no creo que vaya a aportar datos interesantes en vida, entre otras razones, porque la vida privada, la intimidad, no tiene por qué ser objeto de conocimiento del público.
            La obra sí ha sido tratada con extensión. Y, aunque ya he adelantado que resumir las treinta y cinco ponencias o comunicaciones sería exagerado y una desatención con el público presente pues ocuparía más tiempo del cortés concedido a la presentación de libros, debo señalar que ya tendrán ustedes ocasión para leerlas y sacar sus propias conclusiones. Pero sí hay algún análisis definitivo que tengo que señalar porque concluye con alguna especulación anterior. La intervención de Santos Sanz Villanueva sitúa a Castillo Navarro fuera ya de las diferentes acepciones o marbetes literarios que ocuparon la década anterior precisamente por participar de muchas de las características de varias de ellas. Se le dijo escritor de la novela urbana, se le adscribió al realismo social, al humanismo religioso, a la novela existencial y a otras escuelas novelísticas de la época, que de todas estas influencias participa. Situado dentro de lo que constituye la generación de postguerra, termina con este debate al considerarlo un escritor excéntrico, “dicho en el sentido literal de alguien que se sale de un eje de referencia común, dentro de unas inquietudes generacionales que, a veces, comparte y de las cuales en otras ocasiones disiente, e incluso se opone con no poco coraje, vehemencia y ánimo de pelea” (p. 265), O sea, para entendernos bien: lo sitúa no concretamente en la marginalidad, pero sí cerca, por su personalidad y estilo literario, señalando al mismo tiempo los criterios que le hacen “estigmatizarlo” de ese modo verazmente original. Debate, pues, concluso. Para la crítica historicista pudo ser importante o necesario todo esto. Ahora mismo parece indiferente.
            Santos Sanz Villanueva viene ocupándose desde antes de 1982 de Castillo Navarro y ha estado cuatro veces al menos en Lorca para impartir conferencias sobre nuestro novelista. El resumen de esa ocupación y sus consecuencias se puede leer en el último libro del catedrático de la Complutense de Madrid, La novela española durante el franquismo (Madrid, Gredos, 2011). “Santos Sanz Villanueva ha escrito un libro importante de crítica e historia literaria. Ya es mucho y bueno. Pero no es solo eso. No. El autor matiza sus opiniones estrictamente literarias con preciosas perspectivas íntimas, sociales, políticas, instalando su historia literaria en el paisaje más amplio de la historia de la cultura. Esa perspectiva ilumina algo esencial: los contornos bien definidos de una arquitectura moral, espiritual, que, en verdad, es la osamenta más perdurable de una sociedad, su cimiento último”.  Así habla de este libro Juan Pedro Quiñonero, totanero de Paris, corresponsal de ABC en la antigua Lutecia, lorquino ignorado en esta ciudad a la que le regaló su biblioteca y todavía no ha habido ocasión para que la visite y sepa de su destino, aunque se está en ello. Según el mismo Sanz Villanueva, “el lorquino José María Castillo-Navarro fue escritor caudaloso durante un periodo de unos diez años y luego se sumió en el más absoluto silencio. Sus novelas, asentadas en un territorio donde confluyen el documento crítico, la reflexión existencial y la problemática religiosa, se percibieron como textos algo extemporáneos y eso impidió que encontraran un hueco definido en los recuentos de la narrativa de los niños de la guerra”. Así pues, se desvela el ostracismo de nuetro novelista al que él mismo contribuye por su obsesión de no publicar. De ahí mi recomendación de que vea la luz la novela inédita de Castillo Navarro mata mala mata. A mí, personalmente, me da igual porque ya la he leído, pero sería, literariamente hablando, una cosa interesante y motivo de que el nombre de Lorca sonase en el ámbito de este país llamado España para nuestro bien.
            El profesor Martínez Arnaldos señala la participación de Castillo Navarro en la renovación formal de la novela entre 1950 y 1960. Se busca desde varios frentes un nuevo proceso de escritura para lograr, dice, “una nueva novela”. Pues bien, en este panorama, Manuel Martínez Arnaldos incluye la labor novelística de Castillo Navarro. “Sus novelas –afirma el profesor Arnaldos– dejan de ser novelas tradicionales o, por el contrario y mejor dicho, lo son mediante una estudiada habilidad técnica con la que trata de establecer un juego de escondite de la propia novela”. Sin tener en cuenta nada más de la ponencia del profesor y crítico teórico, ya se ha señalado un aspecto definitorio que acaba con la crítica amistosa que casi siempre ha tenido nuestro novelista. Si tuvieramos que definir al novelista con los datos de los profesores universitarios Villanueva y Arnaldos, diríamos que Castillo Navarro es un novelista excéntrico que participa en la renovación de la novela de la época. Es más de lo que hasta ahora se había dicho científicamente de él.
            Pero si atendemos a las reflexiones del profesor Albaladejo Mayordomo, la definición se completaría dándole un vuelco a otras interpretaciones anteriores formuladas sin las aportaciones de estos investigadores o reconducidas como consecuencia de esa investigación callada. Explica el profesor cartagenero que en el proceso de la creación literaria es imprescindible la interpretación del mundo, de la realidad, por el autor, con el fin de comprender las reglas de su constitución y de su funcionamiento y poder crear mundos, realidad. Si el profesor citado pudiese leer, que va a ser que no porque sus ocupaciones se lo pueden impedir o no se publicará,, mata mala mata, vería como Castillo modifica la realidad en esta novela para construir unas fantasías que, al final, también son reales. Así pues afirma que, “en sus novelas la realidad interpretada es el fundamento de la configuración narrativa que, con un reconocimiento de la función de los personajes, de su imprescindible presencia activa en la obra, es resultado de su actividad de representación”.
            Así pues, crece la definición original y comprensiva del novelista lorquino: Castillo Navarro es un novelista excéntrico que participa en la renovación de la novela de la época y ha interpretado la realidad en su complejidad, como parte del proceso de su creación literaria. Pero si atendemos a las reflexiones del profesor de la Universidad de Cádiz José Antonio Hernández Guerrero, quien afirma que Castillo Navarro escribe para crear y recrear la realidad, compartiendo así con los lectores sus mejores experiencias, la definición se amplía, al añadir este nuevo matiz: Castillo Navarro es un novelista excéntrico que participa en la renovación de la novela de la época y ha interpretado la realidad en su complejidad, como parte del proceso de su creación literaria. La lectura de sus obras nos proporciona unas sensaciones, unos sentimientos y unos conocimientos que superan nuestras experiencias personales.
            Si sólo se hubiera conseguido esta definición en el tiempo que duró el congreso, ya hubiera sido suficiente, pero se adelantó mucho más como ustedes podrán comprobar cuando les dediquen el tiempo suficiente a la lectura de este libro en el que aparecen las relaciones que El niño de la flor en la boca tiene con el cine, pues se proyectó una película hecha por los años de su escritura, cuando Castillo Navarro vino a Barcelona con la italina Marcella Altieri y por los descampados de Carboneras se filmó. Lo cuenta de manera exacta y didáctica Ginés García Agüera, lector oportuno y especialista en imagen. También se analiza la visión que de los cuentos de Castillo Navarro hizo su amigo el pintor Joakin, tema tratado por Tana García Mínguez, amiga de ambos. Y también es importante la visión de la Lorca de guerra y posguerra en la novela de Castillo Navarro según Santos Campoy, con lo que se aportan datos para eso que llaman memoria histórica. Cito a estos amigos por lo original de su visión dado que afectan a cosas casi desconocidas del novelista lorquino y para que se advierta lo vario de su contenido. A pesar de estas nominaciones, creo que no he roto mi criterio, pero pido disculpas si es que alguien lo pone en duda. Sólo he usado lo necesario para publicar la definición nueva del novelista  Castillo Navarro.
            Creo que casi todo está dicho. Si alguien desea alguna aclaración, intentaremos responder, de poder, a su duda o pregunta, en amable conversación posterior. Me parece haberme excedido en el tiempo empleado en esta presentación, por lo que les pido disculpas o perdón incluso. Como habrán comprendido, el tema es asaz interesante como para andar de puntillas sobre él. Les agradezco el que hayan soportado mi presencia y cháchara porque, sin ustedes, actos como este no tienen sentido. Gracias a los que me convocaron para estar aquí al tiempo que solicito que en su proyecto cultural literario, además de ayudar a las promociones actuales, se ocupen de completar las lagunas existentes en procesos investigativos de los Musso Valiente, Carlos Mellado, Eliodoro Puche, Castillo Navarro y otros escritores lorquinos que son los que tenemos y que no deben ser dejados de la mano de Dios. Así sea para tranquilidad de los que estamos yéndonos y signo de gozo para los que se van acercando al misterio que es la creación literaria. Y antes de manifestar mi respeto por vuestra atención, decir que para escribir esta presentación he debido sacrificar parte de la atención que estaba obligado a dar a mi esposa, teniendo en cuenta su situación, y no atender algunas de sus necesidades. Espero me lo sepa perdonar. Gracias.

José María Castillo Navarro

Portada del libro: Alejo Molina
Foto Castillo Navarro : (c) La Verdad